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27dic20


2010-2020: La gran década perdida


¿Por qué unas naciones son ricas y otras pobres?, se preguntó en su día Rondo Cameron, el historiador económico que mejor ha analizado el desarrollo económico del planeta. La respuesta que dio, en realidad, fue la no respuesta: nadie lo sabe. De hecho, si el mundo conociera la fórmula exacta, los países pobres aplicarían las recetas de las naciones ricas y santas pascuas. Aquí paz y después gloria. Pero la realidad, como se sabe, es infinitamente más compleja por distintas circunstancias: geográficas, políticas, culturales y, por supuesto, históricas.

Sí se conoce, por el contrario, que los errores se pagan. Se sabe, por ejemplo, que la destrucción del mundo antiguo se debió, como sostiene el profesor Tortella, al parasitismo de las administraciones imperiales, al sistema esclavista y a la falta de progreso tecnológico. También existen evidencias de que la España imperial cayó por los megalomaniacos objetivos religiosos de los Austrias, lo que acabó provocando una auténtica catástrofe política, económica y hasta demográfica. También se conoce que la calidad institucional de las naciones influye de una manera poderosa en el desarrollo económico de los pueblos, o que la apuesta por el conocimiento científico explica los avances sociales, lo que a la postre determina el ensanchamiento de las desigualdades.

Es evidente que lo que ha sucedido en la última década en la economía española no es comparable a aquellos procesos históricos, pero sí hay algo en común: malas decisiones de los agentes políticos y económicos -por acción u omisión- frenan el desarrollo humano. Y lo cierto es que España, en muchos aspectos, ha retrocedido una década. En otros, incluso, veinte años. Y no solo por los efectos económicos de dos crisis devastadoras.

En PIB per cápita, por ejemplo, y respecto del promedio de la Unión Europea, España se sitúa ahora (sin contar aún el desastre que está suponiendo el año 2020) en un nivel inferior al que existía en 2010 (91% frente al 96% en términos de poder de compra), pero es que si el retrovisor se pone mirando hacia el empleo el resultado tampoco deja lugar a dudas: la economía española tiene algo más que achaques. Probablemente, sufre lo que los ingenieros llaman fatiga de materiales. En este caso, por ausencia de reformas estructurales debido al deficiente comportamiento de la arquitectura institucional del Estado. Cinco elecciones generales en menos de una década.

Burbuja inmobiliaria

Otro ejemplo. Al acabar la anterior década, y ya con la economía metida de lleno en la crisis financiera, la población activa, es decir, la suma de los ocupados y de los parados superó ampliamente los 23,4 millones de personas; hoy, ni siquiera llega a los 22,9 millones. Pero es que si se mira el número de ocupados el resultado no puede ser más pobre.

Hoy España cuenta con el mismo nivel de empleo (19,1 millones) que tenía en 2005, es decir, dos años antes de que estallara la burbuja inmobiliaria y, lo que es más preocupante, cuando el número de habitantes era sustancialmente menor: 44,1 millones frente a los 47,4 millones actuales. Y en aquel número se incluyen los cientos de miles de trabajadores que están hoy en ERTE pero que siguen siendo ocupados en términos estadísticos. Es decir, no se compara con 2020, que es un año atípico, sino con 2019.

¿Qué ha pasado? ¿Por qué la economía española parece haber caído en brazos de lo que los economistas denominan década perdida? Ya se sabe ese fenómeno prolongado en el tiempo que conocieron bien la Gran Bretaña que salió exhausta de la guerra mundial o la Latinoamérica de los años ochenta, y que consiste en un largo periodo de bajo crecimiento y atonía productiva. O, incluso, el Japón de los años noventa, atrapado en una espiral deflacionista de la que todavía está lejos de salir por causas estructurales. Entre ellas, el envejecimiento.

Hay una primera evidencia. España tiene un grave problema de productividad. En los años noventa, la productividad total de los factores (PTF), que es la mejor herramienta para conocer el grado de eficiencia de una economía, ya que incorpora tanto el capital como el trabajo y la combinación de ambos factores de producción, llegó a representar el 108,6% de la media de la actual eurozona, pero hoy apenas roza el 100%. Según la Comisión Europea, la productividad creció un 0,4% en España, en promedio anual, entre 2013 y 2019, por debajo del 0,5% de la eurozona. En todo caso, tasas extremadamente reducidas.

Es más, si se analiza el stock tecnológico respecto del PIB, que es una medida clave para aprovechar los multiplicadores de inversión, resulta que la economía española acredita un pobre 44% del promedio de la eurozona. No es de extrañar teniendo en cuenta que el gasto en I+D respecto del PIB apenas representa el 56% del promedio de la unión monetaria, 12 puntos por debajo de hace una década. Es más, mientras que entre 2009 y 2019 el gasto acumulado creció un 6,4%, según datos de Cotec, en Alemania el avance ha sido del 40%, del 26% en el Reino Unido, del 22% en Italia o del 14% en Francia, lo que pone de relieve un problema de fondo que tiene que ver con el patrón de crecimiento y con la política de prioridades de los distintos gobiernos.

Factores como la dualidad del mercado de trabajo, que frena la acumulación de capital humano en la economía, ya que muchos trabajadores encadenan sin solución de continuidad contratos temporales, o el sesgo hacia la inversión en capital tangible -vivienda o maquinaria- en lugar de hacia las TICs (tecnologías de la información) explican el retraso. Pero también un aspecto crucial, como es el tamaño de las empresas.

Empresas innovadoras

La literatura económica ha evidenciado que las empresas de tamaño más reducido son menos productivas, y en España las empresas con menos de cinco trabajadores representan el 78% del tejido productivo, frente al 69% en la eurozona. Como consecuencia de ello, según Eurostat, la proporción de empresas innovadoras en España se situaba en 2016 en el 36,9%, muy lejos de los porcentajes observados en Francia (58%), Italia (54%) o Alemania (64%).

Hay múltiples motivos para explicarlo, como sugieren los informes del Banco de España, pero entre ellos destaca la pobre calidad de la regulación, que obliga a que las empresas aumenten sus cargas burocráticas al superar cierto tamaño, por lo que son 'perezosas' a la hora de aumentar su dimensión. También problemas relacionados con la unidad de mercado parece estar limitando la creación de empresas y su crecimiento.

¿El resultado? Las pymes son más vulnerables financieramente y eso las hace ser menos productivas. Y lo que es peor, eleva de forma casi exponencial su mortandad. Apenas el 17,2% de las empresas cuenta con 20 o más años de vida. En ello tiene mucho que ver el carácter claramente procíclico de buena parte del tejido productivo, que nace al calor de burbujas que, pasado un tiempo y tras alcanzar su punto de ebullición, estallan, con el resultado ya conocido.

Ocurrió en la anterior crisis, cuando se crearon miles de empresas alrededor del ladrillo; pero también en la actual, en torno a la hostelería y el turismo, lo que ha hecho a la economía extremadamente vulnerable a los cambios de ciclo. En particular, cuando surge una recesión, ya sea por causas endógenas (excesiva exposición a determinados sectores) o exógenas (la pandemia).

Como ha puesto de relieve un reciente informe de Intermoney, el comercio, el transporte y la hostelería explican un 20,8% del PIB, aunque este porcentaje se incrementa hasta el 25,2% si se incorporan el ocio y las actividades recreativas, mientras que la industria apenas suma un 16,1% del PIB y la actividad específicamente manufacturera solo un 12,1%.

Lo que la verdad esconde, en realidad, es la existencia de un problema de fondo que tiene que ver con el sistema educativo, aunque también con la deficiente evaluación de las políticas públicas para conocer si determinados gastos cumplen el objetivo para el que fueron creados. Hace una década, el gasto público en educación representaba el 72,9% de la media de la eurozona, pero hoy solo alcanza el 67%, lo cual pone de manifiesto que no se ha resuelto un problema histórico al que hay que vincular el elevado abandono escolar temprano. Y que necesariamente tiene que ver con el pobre funcionamiento de la formación profesional, pese a los avances de los últimos años, y con la desatención de las carreras técnicas en un contexto de profundos e intensos avances tecnológicos.

Consecuencias demoledoras

Como ha puesto de relieve la OCDE, España se sitúa en la última posición entre los países miembro en los indicadores que miden el razonamiento matemático de la población y en la penúltima posición en los relativos a la comprensión lectora.

¿Las consecuencias? Demoledoras. Desde 1980, es decir en los últimos 40 años, la tasa de paro promedio en España se ha situado en casi el 17%. Y lo que es también muy significativo: en el promedio de la última década, la temporalidad se ha situado en el 25,2% del empleo total, frente al 13,9% registrado en el resto de los países del euro.

El resultado de esta estrategia fallida, de nuevo, revela la verdad del barquero. Hace una década, y según la Encuesta de Condiciones de Vida, el ingreso medio por persona se situaba en 11.318 euros (años 2009); hoy se encuentra prácticamente igual: 11.680 euros, lo que da idea del estancamiento en términos monetarios de la sociedad española. Y con el agravante de que tampoco se han corregido los indicadores de desigualdad.

Hace un década el índice de Gini (en el que el cero es la equidad más absoluta y en el 100 una persona tendría toda la renta) se situaba en 33,5 puntos; y hoy (año 2019) permanece muy cerca, 33 puntos. La tasa de riesgo de pobreza, de hecho, según el indicador Arope, se mantiene en el 20,7% de la población, exactamente igual que hace una década. Tiempo perdido para reducir la pobreza relativa. También la severa.

Y todo en el marco de una degradación sin precedentes de las finanzas públicas. Hace una década, el endeudamiento representaba apenas el 60,5% del PIB, pero hoy, hasta el segundo trimestre, equivale ya al 110,2% del producto, y en aumento. Probablemente, acabe este año alrededor del 120%, lo que significa, que en solo una década la suma de los cuantiosos déficits se ha duplicado. Un problema que viene a ser la representación gráfica de todos los demás. El mundo avanza y España ha sucumbido al síndrome de la mujer de Lot.

[Fuente: Por Carlos Sánchez, El Confidencial, Madrid, 27dic20]

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