Serie Opinión y Perspectiva
Las consecuencias del silencio

Paz Rojas Baeza*
Vice Presidenta de CODEPU
Médico Neuropsiquiatra

Se me ha pedido que hable sobre las consecuencias del silencio, poniendo énfasis en dos aspectos fundamentales: "la repercusión del silencio para la creación de una cultura democrática" y "el modo o la forma que en Chile un organismo de derechos humanos, como el nuestro, intentó y sigue intentando, romper el silencio".

Antes de abordar estos temas, quisiera hacer algunas reflexiones generales sobre el silencio. Sin duda existen numerosos significados sobre esta forma de comunicación, así como también numerosas sinonimias y diferentes espacios donde él se manifiesta. Así , al oír la palabra silencio, el primer recuerdo que viene a nuestra memoria es aquel verso de Pablo Neruda que dice: "Déjame que te hable también con tu silencio, claro como una lámpara, simple como un anillo. Eres como la noche, callada y constelada, tu silencio es de estrellas tan lejano y sencillo". Pero, desgraciadamente no es de este silencio trasmisor de afectos, de sentimientos profundos de amor, el que nos ha poseído durante todos estos años de terror y durante el tiempo infinito de la impunidad.

Al compenetrarme sobre este tema, me pregunté, por qué la Comisión para el esclarecimiento histórico de Guatemala, se tituló " La Memoria del Silencio". Leyendo el Informe se puede comprender el porqué este nombre fue el elegido y es tal vez, el párrafo 49, del Capítulo Tercero "Sobre Efectos y Consecuencias", el que sintetiza, simboliza mejor este nombre. En él se lee:

"El miedo, el silencio, la apatía y la falta de interés en la esfera de la participación política, son algunas de las secuelas más importantes que resultaron de la criminalización de las víctimas y suponen un obstáculo para la intervención activa de toda la ciudadanía en la construcción de la democracia" (Pág. 27).

En él se señalan las secuelas más importantes que resultaron de la criminalización: el miedo, el silencio, la apatía, lo que impide ahora una memoria común, un quehacer conjunto, una intersubjetividad congruente para la construcción de la democracia. Democracia que definida en los términos más sencillos quiere decir, simplemente: "Gobierno en que el pueblo ejerce la soberanía".

Nos preguntamos Cuánto tiempo deberá pasar para recuperar la autonomía, la seguridad interior, la identidad individual y colectiva? Cómo destruyeron el sujeto individual y a través de ello desintegraron el sujeto social? Y más concretamente, Cómo debemos responder a esta situación? , y por último, qué debemos hacer?

Para reconstruir la situación vivida, quisiera recalcar sólo dos fenómenos de los múltiples mecanismos utilizados para crear el miedo, el silencio y la apatía. Estas dos técnicas son imprescindibles para comprender la profundidad de los trastornos psíquicos. Me refiero al concepto de crimen y más específicamente el de crimen contra la humanidad y al fenómeno histórico de la impunidad, luego intentaré, hacer una nosografía del silencio, es decir, mostrar los diversos niveles o espacios en que él se manifiesta.

El crimen es históricamente todo acto humano no aceptado, prohibido, censurado, castigado. Su significado está en el imaginario social, en el subconsciente colectivo, en los patrones culturales de un pueblo. El crimen de lesa humanidad no es en modo alguno, un crimen cualquiera, del mismo modo que las amnistías de ellos no son equiparables a otra suerte de amnistías. Porque él es expresamente ideado y planificado por un sistema, por un poder, tiene sus códigos, sus técnicas, sus lugares, sus responsables, que usan la violencia transformada en agresión lúcida y consciente. Utiliza la razón para destruir. Se trata de una violencia máxima, ejecutada en forma brutal para que ella se difunda desde el cuerpo individual al cuerpo social. Se trata de paralizar, de someter mediante el terror.

No me referiré a las innumerables variedades de crímenes cometidos, tortura, desaparición forzada de personas, ejecuciones, violaciones, etc., analizadas, conocidas, experimentadas y que han llevado a un trauma psíquico brutal, individual y social. Quisiera sólo recordar otra conducta criminal de orden comunicacional. Difusa, solapada, y que se agregó a las anteriores, para la producción del silencio y del miedo; me refiero a la guerra psicológica, singular método de condicionamiento de la población civil para crear una reacción primaria de miedo. Para realizarla el poder utiliza todas las instituciones del Estado, pero por sobre todo medios de comunicación de masa, eligiendo deliberadamente los contenidos que puedan alterar más profundamente al individuo, desde el punto de vista psicológico, se trata de crear una reacción primaria de miedo. La guerra aplicada hasta ahora en todos nuestros países, es un intento de conquista del espacio interior de las personas al cual se penetra a través de mensajes. En menor intensidad, la seguimos constatando hoy en día, como lo veremos más adelante, y su intención es cambiar conductas y comportamientos, clausurar la memoria, imponer el olvido.

El segundo concepto es el de la impunidad. La impunidad es una nueva agresión que se suma a los crímenes contra la humanidad. Uniéndose a las consecuencias traumáticas de dolores, sufrimientos, pérdidas, duelos y desamparos vividos, ella agrede los grandes valores humanos, destruye creencias y principios y altera las normas y las reglas que en el curso de la humanidad han ido construyendo los hombres.

La asociación de esta carencia de verdad y justicia hace que la impunidad sea un fenómeno complejo, dramático, pues destruye los pilares fundamentales de la razón y el quehacer humano, conjugándose en forma ambivalente la voluntad de saber y juzgar, con la necesidad de ocultar y olvidar conductas criminales realizadas por los hombres.

Como los crímenes, la impunidad es una decisión humana, una tentativa de ocultamiento y, más aún, una obligación de llegar al olvido. Olvido que, en el caso de los crímenes contra la humanidad, es imposible, pues ellos quedaron para siempre grabados en las personas directamente afectadas, así como en la sociedad, en el imaginario colectivo que lo trasmitirá por generaciones.

De modo que el silencio tiene, además de sus múltiples orígenes, diferentes niveles de expresión. Lo analizaré ahora desde lo más simple a lo más complejo: El silencio de las personas más directamente afectadas, lo hemos constatado durante el proceso de intervención terapéutica, como lo hemos descrito en trabajos anteriores. El trauma psíquico provocado por los crímenes y la impunidad deja sin palabras para comunicar lo vivido. No existe lenguaje, lo que predomina es el estupor o el silencio. Es en estos crímenes de lesa humanidad donde se concretiza "la extrañeza infinita de la condición humana" (Virginia Woolf).

Aquí el lenguaje tiene una múltiple dificultad: en la comprensión por la persona de lo incomprensible, en la explicación de lo sucedido, en la dificultad de comunicar algo que no se logra verbalizar, que no se puede expresar, ni mucho menos elaborar en términos psicopatológicos. Lo que predomina es el silencio.

Pero si no hay palabras por parte de la víctima para relatar el drama vivido, tampoco el terapeuta tiene palabras para expresar, comprender, conceptualizar y describir lo que ellas han experimentado. No hay tampoco un código que denomine la conducta del victimario: destrucción, torturas brutales, muertes, asesinatos, desaparecidos, entierros clandestinos, violación, perversión e impunidad. En suma, disolución, escisión en el curso de la comprensión del por qué, del cómo y del quién. Como lo inconcebible es indescriptible, cuando está ligado al horror y al desconocimiento de la Verdad, el lenguaje resulta débil, insuficiente, no existen palabras para expresar lo vivido, para nombrar el dolor, los sufrimientos, las penas, las rabias, la impotencia, las culpas. La mayoría de las personas y las familias que hemos atendido, en alguna medida han perdido lo propio de lo humano: la comunicabilidad.

Durante la terapia una mujer torturada y violada, expresó en voz baja: " Me doy cuenta que a pesar de forzar mi mente, porque sé que todo está en mi memoria, ahora hay una nebulosa que impide que lo que viví se transforme en ideas y luego en palabras".

Por su parte, en las familias que durante años hemos seguido y tratado, hemos comprobado que el silencio, además de profundo, es disociador. En la mayoría de ellas, el miembro que sabe lo sucedido, que conoce el crimen, frecuentemente lo oculta o lo transfigura, especialmente a los hijos. El silencio es reemplazado por negaciones y a veces por engaños. Las preguntas no tienen respuestas. Es el asombro brutal del crimen lo que lleva al mutismo, que significa "ausencia de palabras, lo más a menudo por reticencia".

Pero además, en la familia existe un vínculo profundo con el miedo, lo que refuerza el ocultamiento, la negación, el Fingimiento y, en último término, el silencio. Los fenómenos del miedo en la familia van ligados además a un proceso de culpa, de hostilidad, y también al deseo de protección mutua. De manera que el silencio en la familia más que un mecanismo defensivo consciente, ha llegado a ser una técnica de sobrevida, que más temprano que tarde mostrará sus graves secuelas.

En los niños, los trastornos derivados del silencio o de la transfiguración de la realidad, producen graves y profundas secuelas, que van desde diversos trastornos de orden psicológico, trastornos conductuales, con rabias, llantos, agresiones, angustias, hasta el propio silencio -más grave aún en los niños- que puede llevar al mutismo o a las mentiras y fabulaciones.

Al trabajar con grupos de personas afectadas constatamos un fenómeno curioso. No existía silencio frente a temas anodinos o de la vida cotidiana. El intercambio era rico y fácil, lo que contrastaba notablemente cuando se intentaba abordar el trauma humano vivido. La sala enmudecía, el cuerpo, las miradas se paralizaban, como si las personas se fueran hacia adentro y luego lo que lentamente aparecía no era el relato del dolor o del sufrimiento interiorizado, sino quejas físicas, múltiples molestias psicosomáticas. Es el cuerpo el que habla, son los dolores corporales los que llenan el silencio indecible del trauma.

Quise hacer este somero rastreo del silencio en los niveles individuales, familiares y grupales, porque es necesario tenerlos presentes, al iniciar la construcción de una cultura democrática. Freud dice en su libro "El malestar en la cultura": "El aislamiento voluntario, el alejamiento de los demás, es el método de protección más inmediato contra el sufrimiento".

Es sobre esta conducta que se debe actuar.

Me corresponde ahora referirme a los niveles más altos y más amplios del silencio: me refiero al de las comunidades, al de la sociedad y en último término al silencio de su creador: el Poder. Lo haré en relación a la respuesta del segundo aspecto solicitado: "La forma en que los organismos de derechos humanos intentamos romper el silencio".

A este conocimiento más profundo y amplio nos acercamos al realizar nuestro trabajo en terreno, en diferentes regiones de Chile, el cual tuvo como objetivo lograr Verdad y Justicia. Desde un comienzo habíamos comprendido que si bien esta clínica, es una clínica de la subjetividad destrozada, es principalmente una clínica de la interacción, de la intersubjetividad, en donde es necesario incluir desde un inicio al torturador y a su sistema. Es también, una clínica de la transubjetividad, ya que el trauma, con el tiempo, abandonará sus espacios ocultos para discurrir en toda la dimensión del ser humano, del país y de sus habitantes, y permanecerá para siempre como una lacra, en el imaginario colectivo, del pueblo que la vivió y que, de algún modo, intentó olvidar y no reconstruir la memoria.

"Sabiendo que toda la información está en las personas, en lo que ellas han vivido y que todas las verdades; la verdad histórica, social y jurídica, tienen como base a la persona protagonista de los hechos y a los testigos, existen sólo dos alternativas: hablar o callar, o silenciar". (1) Es por eso que el año 1987, dos años antes del término de la dictadura en Chile y frente a la certeza que en el período de transición que se avecinaba no se conocería toda la verdad de lo sucedido y que seguramente habría poco o nada de justicia, decidimos buscar dirigidamente a las personas afectadas, esta vez en terreno, en diversas regiones de Chile, donde los crímenes habían ocurrido.

No mencionaré los objetivos planteados en estas investigaciones ni su desarrollo sino que a través de esta práctica volveré al tema del silencio.

Aún cuando teníamos la sospecha que no sería fácil ubicar y entablar un diálogo con las personas y familias afectadas por los crímenes, jamás imaginamos el nivel de aislamiento, marginación, estigmatización, incomunicabilidad con la comunidad en que vivían. Al principio, no nos recibieron y a veces ni siquiera nos abrieron la puerta. Frente a nuestra preguntas predominó la desconfianza, el miedo, el silencio.

Este comportamiento tiene sin duda múltiples explicaciones, sólo deseamos recordar que en Chile, además de los crímenes y desde antes del Golpe de Estado, durante los 17 años que duró la dictadura, y en los años de transición a la democracia, se logró internalizar el concepto de enemigo interno revistiéndolo de una simbología macabra y de peligro extremo, al tiempo que se estigmatizó a los organismos de derechos humanos y a las personas que en ellos trabajaban. De modo que nuestra acción constituía para las personas, en alguna forma, un nuevo peligro.

Tras trabajar años con las personas y familias que habitaban las comunidades, con diversas modalidades de intervención, se nos hizo evidente que era necesario intervenir en toda la comunidad. Iniciamos entonces, un trabajo de orden comunitario a cuyas características tampoco me referiré. El nos demostró el profundo daño que se había provocado en la mayor parte del colectivo social. Aquí se había producido lo que podríamos llamar un fenómeno dialéctico de carácter negativo: por un lado, los familiares estuvieron y estaban -a pesar de los esfuerzos- traumatizados, aislados, marginados y por otro lado, la colectividad en que vivían, presentaba rasgos de una sociedad enferma o insana, es decir, "aquella que crea hostilidad, mentira y recelo". (2)

Aún más, el intercambio producido entre nosotros y la comunidad, nos hacía sospechar que en esa colectividad se estaba configurando un carácter social constituido por un núcleo patógeno o anormal, formado por un miedo internalizado y un quiebre radical del principio tradicional de la solidaridad humana, en la base del cual, reinaba la fuerza de la desconfianza.

Vislumbrábamos que las pérdidas, el "duelo congelado", el miedo a la repetición de la violencia les impedía romper con la lógica de impunidad impuesta por el poder dominante. La presencia constante de la simbolización de la muerte no les permití a actuar libre y abiertamente, saber, conocer, analizar con ecuanimidad, y lo que predominaba era la denegación de todo lo sucedido. El silencio.

El trabajo que realizábamos, como dijimos, se había iniciado antes del término de la dictadura, había continuado durante la elaboración y entrega de la Comisión de Verdad y Reconciliación y continúa hasta estos días. Durante todo este proceso hemos observado, analizado y protestado contra la imposición del olvido y el silencio desde el Poder.

Es evidente que la demanda de Verdad y Justicia, la lucha contra la impunidad en el período de transición, está mediatiza y subordinada a los intereses del Poder, los cuales ahora son principalmente de orden económico y el punto central y conflictivo es la cuestión de los Derechos Humanos.

Se silenció a las víctimas, a las agrupaciones, a los medios de comunicación que difundían el drama humano no resuelto, se marginó a los demandantes y se les acusó de "pegados al pasado", de impedir el avance en otros temas sociales más importantes y se les quiere obligar a callar, a guardar silencio.

Nos preguntamos de qué depende que se imponga más una versión que otra, acerca de una misma realidad? Y nos respondemos a numerosos factores, pero sin duda a la conducta que el Poder tenga frente a la realidad. En Chile, por parte del Estado, hubo un reconocimiento oficial, que fue sin duda de carácter parcial, pero se eludió el problema y durante 10 años predominó la impunidad. Fue gracias a la comunidad internacional que se logró romper el cerco del silencio.

De modo que, la representación social que es el producto y el proceso de una elaboración psicológica y social de la realidad, en la sociedad no se da, porque no hay una lectura transparente, diáfana por las instancias psíquicas individuales, ni menos había una acuerdo mínimo o colectivo para leer o vislumbrar el pasado y el presente. Esto al parecer era así, porque por un lado, lo acontencido, vivido y percibido por la intensidad de la violencia y la muerte hizo que la prueba de realidad psíquica se deformara dramáticamente ante una realidad exterior brutal y desconocida.

De modo que la verdad, aunque oficial, fue sólo parcial y escindida, sin nombre de los responsables y sin entregar a la comunidad su conocimiento en forma masiva, sencilla, de modo que fuera asumida por toda la sociedad civil. Lo sucedido quedó en la nebulosa, lo que hizo que la mentira continuara, que la confusión persistiera, que la realidad no se reconstruyera, no se socializara, no se comunicara y más bien se callara y se ocultara.

A su vez, las exigencias de llegar a una Reconciliación sin una verdadera Reparación Moral y Jurídica habían logrado que la confusión, la ambigüedad y la ambivalencia se apoderaran del Gobierno y sus representantes. Ambivalencia descrita por la Psiquiatría como "aquél dispositivo psíquico de un sujeto que manifiesta simultáneamente dos sentimientos, dos actitudes opuestas frente a un mismo objeto y a una misma situación". Estas conductas dispares, -la indignación y la impotencia- llevaron a muchos a retirar sus afectos, a no identificarse con su país, con su gobierno, a refugiarse en la indignación o más bien en el silencio.

Trabajar para construir una cultura democrática significa entonces, sin duda, actuar sobre todos y cada uno de los niveles señalados, donde impera el ocultamiento, la imposición del olvido y las encrucijadas del silencio.

Mayo-Junio del 2000


Notas:

* Ponencia presentada en la Conferencia Internacional sobre Educación para la Paz, Memoria Histórica y Democracia, organizada por la Asociación de Investigación y Estudios Sociales de Guatemala (ASIES), la Oficina en Guatemala del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y la Fundación Alemana para el Desarrollo Internacional (DSE), con la cooperación del gobierno de la República Federal de Alemania y de la Fundación Konrad Adenauer. Realizada en ciudad de Guatemala del 30 de mayo



Notas:

1. "Persona, Estado, Poder". Estudio sobre Salud Mental. Chile 1973 - 1989. Volumen II, Chile 1990-1995.Codepu.

2. Fromm, E.: "Psicoanálisis de la sociedad contemporánea". Fondo de Cultura Económica. México, 1956.


Editado electrónicamente por el Equipo Nizkor- Derechos Human Rights el 27feb02